• El diminutivo en el noroeste argentino como fenómeno de convengencia lingüística
Ana María Fernández Lávaque

Resumen

La situación de contacto lingüístico que desde el siglo XVI y hasta aproximadamente principios del XX mantuvieron en el noroeste argentino los códigos quechua y español, determinó en este último un conjunto de características actuales que permiten identificarlos con el denominado por los especialistas "español andino", distintivo de Ecuador, Perú y Bolivia.

De entre tales características, este trabajo focaliza el caso concreto de las formaciones diminutivas respecto a las cuales el ámbito geográfico correspondiente a las constataciones obtenidas, los territorios provinciales de Salta y Jujuy en los que se centró el estudio, puede tal vez ampliarse a zonas integradas en las provincias, también argentinas, de Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero y Tucumán.

Si al sistematizar el uso relativamente amplio que de dichas formaciones ha hecho el castellano durante su historia, atendemos a la forma, al contenido funcional y al uso de las mismas en el noroccidente argentino, se comprueba que los primeros componentes aludidos no presentan características específicas en el español local.

No sucede lo mismo en lo relativo a las modalidades de uso que presentan las construcciones diminutivas en las variedades diatópicas de castellano usadas en el noroeste argentino. De tales modalidades (densidad de empleo, acumulación y ampliación de las categorías gramaticales en las que se produce el uso de constituyentes diminutivos), la última de las mencionadas es posiblemente la más importnate.

La hipótesis causal que, siguiendo las orientaciones metodológicas revisionistas relacionadas con fenómenos de contacto lingüístico, considero más coherente y esclarecedora del rasgo tratado, es la que propone explicarlo por un proceso de convengencia, derivado de la prolongada convivencia de las lenguas española y quechua en el espacio territorial al que nos referimos en el trabajo. Esta afirmación se sustenta no solo por la existencia en la lengua aborigen de una elevada impregnación de afectividad lingüística, sino también por el empleo en ella de morfemas apreciativos sufijables a los elementos gramaticales constitutivos de la frase quechua.

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